Europa , para solicitar su alianza y ofrecerles la posesión de la Tierra Santa. Su política iba encaminada, más a apuntalar sus posesiones que a esa entrega graciosa sin contrapartida, además, lo que les cedía era el territorio más levantisco de todo el Creciente Fértil, lo que los convertía en una policía de coerción, más que en verdaderos propietarios de lo perenne y etéreo que en definitiva era ancestralmente el territorio. Unos bárbaros que habían venido de las orillas del Irtis del Jaxarte esperaban sobre el Calvario y el monte Sion, a los guerreros de Francia, de Alemania o de Italia, para pelear teóricamente contra los enemigos de Jesucristo. Esto no se llegó a dar, empero, sí hubo respuesta; precisamente desde un sector que nadie se esperaba por su condición, pero que, las páginas de la historia hablan constantemente de sus proezas, y que, a gritos sordos se abre paso ante la tectónica actitud de quien teme perder una parcela que no le corresponde. Este sector injustamente desconsiderado, siempre ha sido relegado en beneficio del polo opuesto.   El soberano Pontífice recibió los embajadores de Kazán, pero no pudo responder sus peticiones, no obstante, les hizo multitud de promesas que, como el humo desaparecían casi al mismo tiempo que las formulaba. La poderosa familia de los Colonas, enemiga de los Gaetani a la que pertenecía el papa, ambas enfrentadas por su candidato a la silla de Pedro, no cejaba de importunar a Bonifacio VIII, que trataba de imponer su autoridad en Sicilia, lo que no le dejaba tiempo para atender cuestiones ultramarinas. Además, su predicación y sus esfuerzos, parecían no obtener respuesta en los reinos de la vieja Europa. Ante este desplante, de la ciudad de Génova, por aquel entonces excomulgada y por lo tanto vetada a cualquier decisión sobre los intereses de la iglesia, surgió un grupo de mujeres de las que se guarda memoria  ofreciendo un ejemplo a la vanidad y estulticia viral de los hombres. Aquella gesta no pasó desapercibida a Bonifacio, en un breve felicita a las señoras y las publicita a través de sus obispos por toda la cristiandad con el ánimo puesto en que, esta vez sí, responderían los caballeros a la llamada. Estas mujeres como siempre heroínas conocidas, pero no aceptadas, no tuvieron miedo para alistarse en el ejército de Kazán, ofreciendo sus vidas como guerreras en pro de la recuperación de la sagrada tierra de Palestina.  Tan heroicos proyectos no tuvieron ningún resultado. No eran estos, los auxilios que esperaban los tártaros y cruzados en las murallas de Jerusalén. Esta Cruzada no se le dio publicidad como tal. Sin duda el Papa solo puso en ella su atención para excitar la emulación de los caballeros y para dar los príncipes cristianos una lección de la cual no se aprovecharon. Se han conservado durante mucho tiempo en los archivos de la república de Génova las cartas escritas en aquella ocasión por el Papa Bonifacio VIII. En el último siglo, se mostraban todavía en el arsenal de aquella ciudad los cascos y las corazas con que las señoras genovesas habían de armarse en su expedición ultramar.   La historia nos ha conservado otras dos cartas del Papa, la una dirigida a Porchetto Arzobispo de Génova, la otra a cuatro nobles genoveses que habían de dirigir la expedición. ¡Prodigio! ¡Oh milagro -decía Porchetto-, un sexo frágil débil se anticipa [a]los guerreros en esta grande empresa en esta guerra contra
© J.M.F.N. 2023
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Europa , para solicitar su alianza y ofrecerles la posesión de la Tierra Santa. Su política iba encaminada, más a apuntalar sus posesiones que a esa entrega graciosa sin contrapartida, además, lo que les cedía era el territorio más levantisco de todo el Creciente Fértil, lo que los convertía en una policía de coerción, más que en verdaderos propietarios de lo perenne y etéreo que en definitiva era ancestralmente el territorio. Unos bárbaros que habían venido de las orillas del Irtis del Jaxarte esperaban sobre el Calvario y el monte Sion, a los guerreros de Francia, de Alemania o de Italia, para pelear teóricamente contra los enemigos de Jesucristo. Esto no se llegó a dar, empero, sí hubo respuesta; precisamente desde un sector que nadie se esperaba por su condición, pero que, las páginas de la historia hablan constantemente de sus proezas, y que, a gritos sordos se abre paso ante la tectónica actitud de quien teme perder una parcela que no le corresponde. Este sector injustamente desconsiderado, siempre ha sido relegado en beneficio del polo opuesto.   El soberano Pontífice recibió los embajadores de Kazán, pero no pudo responder sus peticiones, no obstante, les hizo multitud de promesas que, como el humo desaparecían casi al mismo tiempo que las formulaba. La poderosa familia de los Colonas, enemiga de los Gaetani a la que pertenecía el papa, ambas enfrentadas por su candidato a la silla de Pedro, no cejaba de importunar a Bonifacio VIII, que trataba de imponer su autoridad en Sicilia, lo que no le dejaba tiempo para atender cuestiones ultramarinas. Además, su predicación y sus esfuerzos, parecían no obtener respuesta en los reinos de la vieja Europa.  Ante este desplante, de la ciudad de Génova, por aquel entonces excomulgada y por lo tanto vetada a cualquier decisión sobre los intereses de la iglesia, surgió un grupo de mujeres de las que se guarda memoria  ofreciendo un ejemplo a la vanidad y estulticia viral de los hombres. Aquella gesta no pasó desapercibida a Bonifacio, en un breve felicita a las señoras y las publicita a través de sus obispos por toda la cristiandad con el ánimo puesto en que, esta vez sí, responderían los caballeros a la llamada. Estas mujeres como siempre heroínas conocidas, pero no aceptadas, no tuvieron miedo para alistarse en el ejército de Kazán, ofreciendo sus vidas como guerreras en pro de la recuperación de la sagrada tierra de Palestina.  Tan heroicos proyectos no tuvieron ningún resultado. No eran estos, los auxilios que esperaban los tártaros y cruzados en las murallas de Jerusalén. Esta Cruzada no se le dio publicidad como tal. Sin duda el Papa solo puso en ella su atención para excitar la emulación de los caballeros y para dar los príncipes cristianos una lección de la cual no se aprovecharon. Se han conservado durante mucho tiempo en los archivos de la república de Génova las cartas escritas en aquella ocasión por el Papa Bonifacio VIII. En el último siglo, se mostraban todavía en el arsenal de aquella ciudad los cascos y las corazas con que las señoras genovesas habían de armarse en su expedición ultramar.   La historia nos ha conservado otras dos cartas del Papa, la una dirigida a Porchetto Arzobispo de Génova, la otra a cuatro nobles genoveses que habían de dirigir la expedición. ¡Prodigio! ¡Oh milagro -decía Porchetto-, un sexo frágil débil se anticipa [a]los guerreros en esta grande empresa en esta guerra contra
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