debía su nombramiento al rey francés. No le correspondía el cargo porque entre otras cosas, no pertenecía al Colegio Cardenalicio, pero esto no suponía una novedad en el elenco magistral de esa Iglesia, el Patriarcado de Jerusalén tenía buena memoria de ello. Desde el primer momento de su nombramiento como cabeza de la secta se destacó en lo que sería un continuo, exuberante y absoluto servicio a Felipe IV. Un pago de estos favores fue, el nombramiento de nueve cardenales franceses también sectarios y serviles a Felipe, anulando todas las medidas que Bonifacio había interpuesto para que este personajillo (de sangre aragonesa) no se hiciera como era su obsesión, con los bienes de la Iglesia para costear sus aventuras guerreras y sanear sus arcas. Su voracidad no tenía límites.   Los más destacado de su triste gobierno fueron: la supeditación al rey francés siendo esclavo de sus deseos, resolviendo el caso de Bonifacio VIII al gusto de su amo, llevarse la sede papal a Aviñón para estar más cerca y servir mejor a su dios, la eliminación de los Templarios, por expreso deseo de su verdadero y único Señor, así como la burda y penosa actuación con palabras y ardides de su altura, a los aliados que le hubieran permitido ampliar los territorios, de una cruz cada vez más maculada por los pecados de aquellos que decían servirla. Mientras gestaba esta traición, muchos de ellos cayeron en batalla, en una Cruzada que no fueron capaces de organizar estos patéticos sectarios. Cruzadas no reconocidas por constituir vergüenza de reyezuelos y chamanes de sectas que aún perviven y por la difícil justificación de cargos contra el Temple, pues mientras los tres demonios  arrestaban a sus defensores con pueriles y fatuos argumentos, otros hermanos caían en nombre de lo que estos mequetrefes decían salvaguardar, esa dicotomía no hubiera sido entendida ni aceptada, como no lo fue, en el resto de estados cristianos, quedando al descubierto la cruel bofetada que propinaron a los verdaderos creyentes estos mefistofélicos seres.   Personajes espurios como éste existieron a lo largo de la Edad Media en Aragón, su homólogo fue Jaime I, el abuelo del Hermoso, (de raza le viene al galgo) en este caso fueron las faldas y las ansias de poder de Yolanda, nombre oficial (otros nombres: Andrea, Violante, etc) que unida a la poderosa y temida oligarquía barcelonesa, dio al traste con el poderoso reino de Aragón. Otro felón que en mala hora ciñó corona…pero esto es otra historia.  El Papa Clemente V, que había fijado su permanencia en este lado de los Alpes, procuró excitar con sus exhortaciones apostólicas el entusiasmo de la nobleza del pueblo. Convocó en Potiers una asamblea la cual asistieron los reyes de Francia, de Navarra, de Nápoles, el conde de Flandes Carlos de Valois, se trató en ella de desposeer al mismo tiempo el reino de Jerusalén: a los sarracenos, a los griegos y al imperio de Bizancio. Las fuerzas de Occidente no podían bastar para estas dos grandes expediciones, para las cuales no se hizo otra cosa que votos estériles, predicaciones sin fruto, los guerreros no tomaron la Cruz, el clero se mostraba poco dispuesto a pagar los diezmos que exigía el Pontífice. Clemente se vio obligado en aquella circunstancia a recomendar la moderación a los colectores que les prohibió formalmente tomar los cálices, los
© J.M.F.N. 2023
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debía su nombramiento al rey francés. No le correspondía el cargo porque entre otras cosas, no pertenecía al Colegio Cardenalicio, pero esto no suponía una novedad en el elenco magistral de esa Iglesia, el Patriarcado de Jerusalén tenía buena memoria de ello. Desde el primer momento de su nombramiento como cabeza de la secta se destacó en lo que sería un continuo, exuberante y absoluto servicio a Felipe IV. Un pago de estos favores fue, el nombramiento de nueve cardenales franceses también sectarios y serviles a Felipe, anulando todas las medidas que Bonifacio había interpuesto para que este personajillo (de sangre aragonesa) no se hiciera como era su obsesión, con los bienes de la Iglesia para costear sus aventuras guerreras y sanear sus arcas. Su voracidad no tenía límites.   Los más destacado de su triste gobierno fueron: la supeditación al rey francés siendo esclavo de sus deseos, resolviendo el caso de Bonifacio VIII al gusto de su amo, llevarse la sede papal a Aviñón para estar más cerca y servir mejor a su dios, la eliminación de los Templarios, por expreso deseo de su verdadero y único Señor, así como la burda y penosa actuación con palabras y ardides de su altura, a los aliados que le hubieran permitido ampliar los territorios, de una cruz cada vez más maculada por los pecados de aquellos que decían servirla. Mientras gestaba esta traición, muchos de ellos cayeron en batalla, en una Cruzada que no fueron capaces de organizar estos patéticos sectarios. Cruzadas no reconocidas por constituir vergüenza de reyezuelos y chamanes de sectas que aún perviven y por la difícil justificación de cargos contra el Temple, pues mientras los tres demonios  arrestaban a sus defensores con pueriles y fatuos argumentos, otros hermanos caían en nombre de lo que estos mequetrefes decían salvaguardar, esa dicotomía no hubiera sido entendida ni aceptada, como no lo fue, en el resto de estados cristianos, quedando al descubierto la cruel bofetada que propinaron a los verdaderos creyentes estos mefistofélicos seres.   Personajes espurios como éste existieron a lo largo de la Edad Media en Aragón, su homólogo fue Jaime I, el abuelo del Hermoso, (de raza le viene al galgo) en este caso fueron las faldas y las ansias de poder de Yolanda, nombre oficial (otros nombres: Andrea, Violante, etc) que unida a la poderosa y temida oligarquía barcelonesa, dio al traste con el poderoso reino de Aragón. Otro felón que en mala hora ciñó corona…pero esto es otra historia.  El Papa Clemente V, que había fijado su permanencia en este lado de los Alpes, procuró excitar con sus exhortaciones apostólicas el entusiasmo de la nobleza del pueblo. Convocó en Potiers una asamblea la cual asistieron los reyes de Francia, de Navarra, de Nápoles, el conde de Flandes Carlos de Valois, se trató en ella de desposeer al mismo tiempo el reino de Jerusalén: a los sarracenos, a los griegos y al imperio de Bizancio. Las fuerzas de Occidente no podían bastar para estas dos grandes expediciones, para las cuales no se hizo otra cosa que votos estériles, predicaciones sin fruto, los guerreros no tomaron la Cruz, el clero se mostraba poco dispuesto a pagar los diezmos que exigía el Pontífice. Clemente se vio obligado en aquella circunstancia a recomendar la moderación a los
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