D. Santiago, viene al mundo en Petilla de Aragón, navarro de Registro, pero aragonés de raíces. Siempre se sintió aragonés por los cuatros costados. Sus padres y sus antepasados también lo eran. Con dos años, sus padres regresan a Larrés, pero en poco tiempo, su progenitor obtiene la plaza de Valpalmas. Es allí donde comienza la escuela.  Justo Ramón comienza a proyectar en su hijo, ansias de superación. El éxito inicial fue notable, pero Santiago se reveló muy pronto, contra el modelo de vida que imponía su padre. Vida austera exagerada, que Justo Ramón impuso en su casa. Todo le parecía poco, para ahorrar, ya que su idea era marchar a Zaragoza y que sus hijos recibiesen estudios.  En pocos años su padre consigue la plaza de Ayerbe, y allí los chicos acogen a Santiago con especial inquina, recibiéndolo a pedradas. De cara trigueña y aspecto amojamado, vestía con ropas humildes, pero sin pañuelo a la cabeza ni calzones ni alpargatas como vestían los campesinos, hizo que lo tomaran por un chico de la burguesía. Niño travieso y de carácter fuerte y rebelde, actitud esta que le trajo más de un problema en su adolescencia. En Ayerbe se convierte un pésimo estudiante. Su padre más ocupado que en Valpalmas, no puede atender su educación como hubiese querido. Le encolerizaban las travesuras y la rebeldía que mostraba, lo cual lo castigaba con formidables palizas y castigos.  Gran observador del medioambiente disfrutaba estudiando el comportamiento y las migraciones de los animales. Aprendió de ellos muchos misterios de la naturaleza. Pasaba horas observando a los animales, anotando todo aquello que le parecía importante. Quien le iba a decir que años más tarde, publicaría quince trabajos de sus investigaciones y lo nombrarían presidente honorario de la Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue un activo miembro. La dura vida de los campesinos, sus largas jornadas, su paciencia…, fueron una gran escuela para él.  Su padre lo llevó a Jaca a los Escolapios, allí conoció el terror y el hambre más amargo. Quedó al cargo de un tal, padre Jacinto, personaje cruel, azotaba a los niños en las muñecas. Reaccionó con más rebeldía y sufrió, encierros, golpes humillaciones y ayunos severos. Cuando su padre lo ve al regresar para las vacaciones de verano, se desengaña del sistema educativo del colegio de Jaca y decide matricularlo en el Instituto de Huesca. Pero antes lo puso a trabajar de ayudante de barbero. El joven aprendiz se sentía fuertemente atraído por las ideas políticas de su patrón, que era un ferviente demócrata. En Linas de Marcuello, hubo un sangriento enfrentamiento, entre insurrectos encabezados por Pierrad y una columna del ejército isabelino. Cajal los había visto pasar, estos últimos desfilando por las calles de Ayerbe, quedando el joven Santiago entusiasmado, por el aire marcial, lo vistoso de sus uniformes y el brillo de sus armas. Al día siguiente contempló por primera vez, el lamentable espectáculo del campo de batalla, al concluir el combate, le impresionó el contraste entre la serenidad de la muerte y el horror de los espasmos de la agonía.
© J.M.F.N. 2023
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plaza de Valpalmas. Es allí donde comienza la escuela.  Justo Ramón comienza a proyectar en su hijo, ansias de superación. El éxito inicial fue notable, pero Santiago se reveló muy pronto, contra el modelo de vida que imponía su padre. Vida austera exagerada, que Justo Ramón impuso en su casa. Todo le parecía poco, para ahorrar, ya que su idea era marchar a Zaragoza y que sus hijos recibiesen estudios.  En pocos años su padre consigue la plaza de Ayerbe, y allí los chicos acogen a Santiago con especial inquina, recibiéndolo a pedradas. De cara trigueña y aspecto amojamado, vestía con ropas humildes, pero sin pañuelo a la cabeza ni calzones ni alpargatas como vestían los campesinos, hizo que lo tomaran por un chico de la burguesía. Niño travieso y de carácter fuerte y rebelde, actitud esta que le trajo más de un problema en su adolescencia. En Ayerbe se convierte un pésimo estudiante. Su padre más ocupado que en Valpalmas, no puede atender su educación como hubiese querido. Le encolerizaban las travesuras y la rebeldía que mostraba, lo cual lo castigaba con formidables palizas y castigos.  Gran observador del medioambiente disfrutaba estudiando el comportamiento y las migraciones de los animales. Aprendió de ellos muchos misterios de la naturaleza. Pasaba horas observando a los animales, anotando todo aquello que le parecía importante. Quien le iba a decir que años más tarde, publicaría quince trabajos de sus investigaciones y lo nombrarían presidente honorario de la Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue un activo miembro. La dura vida de los campesinos, sus largas jornadas, su paciencia…, fueron una gran escuela para él.  Su padre lo llevó a Jaca a los Escolapios, allí conoció el terror y el hambre más amargo. Quedó al cargo de un tal, padre Jacinto, personaje cruel, azotaba a los niños en las muñecas. Reaccionó con más rebeldía y sufrió, encierros, golpes humillaciones y ayunos severos. Cuando su padre lo ve al regresar para las vacaciones de verano, se desengaña del sistema educativo del colegio de Jaca y decide matricularlo en el Instituto de Huesca. Pero antes lo puso a trabajar de ayudante de barbero. El joven aprendiz se sentía fuertemente atraído por las ideas políticas de su patrón, que era un ferviente demócrata. En Linas de Marcuello, hubo un sangriento enfrentamiento, entre insurrectos encabezados por Pierrad y una columna del ejército isabelino. Cajal los había visto pasar, estos últimos desfilando por las calles de Ayerbe, quedando el joven Santiago entusiasmado, por el aire marcial, lo vistoso de sus uniformes y el brillo de sus armas. Al día siguiente contempló por primera vez, el lamentable espectáculo del campo de batalla, al concluir el combate, le impresionó el contraste entre la serenidad de la muerte y el horror de los espasmos de la agonía.  La fotografía fue otra de sus aficiones. Cuando presenció el revelado, con ácido pirogálico, le causó una verdadera estupefacción y tuvo en su obra científica, un peso parecido, a su inclinación por el dibujo. Pero al médico de Ayerbe, al igual que la literatura; la pintura le parecía la misma pérdida de
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