Diecisiete siglos antes, un cataclismo, interrumpió la vida tranquila de unas ciudades, en el verano del año 79 de nuestro calendario. Acababan de celebrar las fiestas en honor a Vulcano esposo de Venus y Dios del Fuego, la forja y los volcanes. Todavía estaban calientes las brasas de las hogueras, cuándo el apocalipsis arrasó con las ciudades de Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y algunas más de menor tamaño, habían desaparecido el 25 de agosto, de dicho año de la faz de la tierra. Según Plinio EL Joven, testigo ocular, narró con detalle a su amigo y gran historiador Cornelio Tácito, todo cuanto aconteció aquel aciago día. Según Plinio unos pequeños temblores de tierra y una colosal columna de humo procedente del Vesubio, ascendió a los cielos, a continuación, comenzó una lluvia de piedras volcánicas y ceniza que ocultó el sol. Cubrió toda la comarca, finalmente grandes gases ardientes que se movían en suspensión, arrasaron todo que encontraron a su paso en un radio de 70 Km. Esta historia es sabida, más o menos por nuestras gentes, pero lo que casi todos ignoran que fue un zaragozano quien lo descubrió y saco estas ciudades a la luz.  Más de mil quinientos años después, el primer hombre que vuelve a pisar aquellos lugares fue el aragonés Roque Joaquín Alcubierre que pasó al olvido por la desidia de sus gobernantes y por las envidias y traiciones para alzarse con la gloria del trabajo de este ingeniero de minas.  Con los galones de capitán, Alcubierre se encontraba enfrascado en la nivelación de unos terrenos, cercanos al pabellón de caza del Rey, en Portici, cuándo le llamó poderosamente la atención, la cantidad de objetos antiguos, que salían a pocos centímetros de la superficie. Su amigo y cirujano Giovanni Angelis, le dice, que unos años antes, cuando estaban bajo el dominio austriaco, se cavó un pozo por orden de Manuel Mauricio de Lorena, príncipe de D’Elbeuf y se encontraron vestigios arquitectónicos, mármoles, mosaicos…, lo que le hace sospechar que pueda haber tesoros escondidos. Pide permiso para buscar más exhaustivamente. No debemos olvidar, que, desde el Renacimiento, las piezas romanas y griegas, estaban muy cotizadas por las familias más adineradas, hasta Miguel Ángel en su juventud, labró y envejeció varias estatuas, que luego enterró para conseguir dinero.   Tras mucho insistir, le dió permiso el mismo monarca, en octubre de 1738. En aquellos días, ni la Arqueología ni sus
© J.M.F.N. 2023
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después.  Diecisiete siglos antes, un cataclismo, interrumpió la vida tranquila de unas ciudades, en el verano del año 79 de nuestro calendario. Acababan de celebrar las fiestas en honor a Vulcano esposo de Venus y Dios del Fuego, la forja y los volcanes. Todavía estaban calientes las brasas de las hogueras, cuándo el apocalipsis arrasó con las ciudades de Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y algunas más de menor tamaño, habían desaparecido el 25 de agosto, de dicho año de la faz de la tierra. Según Plinio EL Joven, testigo ocular, narró con detalle a su amigo y gran historiador Cornelio Tácito, todo cuanto aconteció aquel aciago día. Según Plinio unos pequeños temblores de tierra y una colosal columna de humo procedente del Vesubio, ascendió a los cielos, a continuación, comenzó una lluvia de piedras volcánicas y ceniza que ocultó el sol. Cubrió toda la comarca, finalmente grandes gases ardientes que se movían en suspensión, arrasaron todo que encontraron a su paso en un radio de 70 Km. Esta historia es sabida, más o menos por nuestras gentes, pero lo que casi todos ignoran que fue un zaragozano quien lo descubrió y saco estas ciudades a la luz.  Más de mil quinientos años después, el primer hombre que vuelve a pisar aquellos lugares fue el aragonés Roque Joaquín Alcubierre que pasó al olvido por la desidia de sus gobernantes y por las envidias y traiciones para alzarse con la gloria del trabajo de este ingeniero de minas.  Con los galones de capitán, Alcubierre se encontraba enfrascado en la nivelación de unos terrenos, cercanos al pabellón de caza del Rey, en Portici, cuándo le llamó poderosamente la atención, la cantidad de objetos antiguos, que salían a pocos centímetros de la superficie. Su amigo y cirujano Giovanni Angelis, le dice, que unos años antes, cuando estaban bajo el dominio austriaco, se cavó un pozo por orden de Manuel Mauricio de Lorena, príncipe de D’Elbeuf y se encontraron vestigios arquitectónicos, mármoles, mosaicos…, lo que le hace sospechar que pueda haber tesoros escondidos. Pide permiso para buscar más exhaustivamente. No debemos olvidar, que, desde el Renacimiento, las piezas romanas y griegas, estaban muy cotizadas por las familias más adineradas, hasta Miguel Ángel en su juventud, labró y envejeció varias estatuas, que luego enterró para conseguir dinero.   Tras mucho insistir, le dió
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