públicamente en sus escritos. Su pretensión era hacerse cargo de todo lo descubierto. Para ello cuenta con la ayuda de Camilo Paderni, cobarde como todos los traidores, que no duda en intrigar contra el ingeniero zaragozano, para conseguir el papel de director de excavaciones. Intrigaba cerca del ministro Tunecci, desacreditando a Alcubierre. Esta traición se cree que la organizó el alemán Wilckenmann, ya que Paderni no pasaba de ser un pobre lacayo, no era hombre de mucha inteligencia y lo que el anticuario quería, era hacerse con las obras que salían de dicha excavación.   La envidia enfermiza que sentía el alemán por el aragonés queda patente en una carta que Wilckenmann envía al conde Brühl, «La dirección de este trabajo, (se refiere a la excavación) fue encomendada a un ingeniero español, que había seguido al Rey. Actualmente es Coronel y jefe del Cuerpo de Ingenieros, llamado Roch Joachim Alcubierre. Este hombre que tiene tanta familiaridad con las antigüedades, como la luna con los cangrejos, como dice el proverbio italiano, ha causado por su poca capacidad, la pérdida de valiosas obras de arte». Tampoco perdió ocasión este alemán de insultar al aragonés, nuevamente en cartas escritas, calumniándolo allí donde lo dejaban hablar, pero siempre con la sombra del traidor Paderni que difamaba, allí por donde pasaba. Hay que tener en cuenta que quienes coleccionaban estos objetos que otorgaban un cierto prestigio, pues su posesión estaba reservada a las buenas fortunas, era la nobleza y a la nueva sociedad que emergía con fuerza, los burgueses, dueño al fin y al cabo del sistema financiero de los Estados. Estos pagaban muy bien. La insana envidia que el alemán sufría por Alcubierre, por no cederle el protagonismo, fue reconocida por algunos de los críticos del momento. No olvidemos a su cómplice, el traidor italiano.  En 1772 fue ascendido a brigadier e ingeniero jefe de los ejércitos del rey, así como gobernador del castillo del Carmen, adosado a la muralla aragonesa de Nápoles. Y cinco años más tarde fue nombrado, mariscal de campo.  En 1775 a propuesta del ministro Tanucci, se crea la Real Academia Herculanense. La misión principal era el estudio de todas las antigüedades halladas en las excavaciones y de manera especial en Herculano. La República de las Letras, como solía llamarse por entonces, no tenía acceso a tales obras y de esta manera, pudieron conocer su valor artístico y documental. Esta tarea, ya había sido encomendada a Monseñor Octavio Antonio Bayardi, pero defraudó al Rey, al ministro y a toda esa parafernalia auto intitulada república de las letras.  Para esta encomienda, se eligieron quince personas, al frente, volvieron a elegir a monseñor, ya que la iglesia así lo impuso. Todos eran representantes ilustres del mundo intelectual napolitano del momento. Pero quien no figuró, fue el «correveidile» de Camilo Paderni, a pesar de ser el director del museo de Portici. Tanto el rey como el ministro Tanecci, le tenían en muy alta estima «en público» no así en privado, pues conocían de su traición. No obstante, en ocasiones fue invitado a
© J.M.F.N. 2023
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públicamente en sus escritos. Su pretensión era hacerse cargo de todo lo descubierto. Para ello cuenta con la ayuda de Camilo Paderni, cobarde como todos los traidores, que no duda en intrigar contra el ingeniero zaragozano, para conseguir el papel de director de excavaciones. Intrigaba cerca del ministro Tunecci, desacreditando a Alcubierre. Esta traición se cree que la organizó el alemán Wilckenmann, ya que Paderni no pasaba de ser un pobre lacayo, no era hombre de mucha inteligencia y lo que el anticuario quería, era hacerse con las obras que salían de dicha excavación.   La envidia enfermiza que sentía el alemán por el aragonés queda patente en una carta que Wilckenmann envía al conde Brühl, «La dirección de este trabajo, (se refiere a la excavación) fue encomendada a un ingeniero español, que había seguido al Rey. Actualmente es Coronel y jefe del Cuerpo de Ingenieros, llamado Roch Joachim Alcubierre. Este hombre que tiene tanta familiaridad con las antigüedades, como la luna con los cangrejos, como dice el proverbio italiano, ha causado por su poca capacidad, la pérdida de valiosas obras de arte». Tampoco perdió ocasión este alemán de insultar al aragonés, nuevamente en cartas escritas, calumniándolo allí donde lo dejaban hablar, pero siempre con la sombra del traidor Paderni que difamaba, allí por donde pasaba. Hay que tener en cuenta que quienes coleccionaban estos objetos que otorgaban un cierto prestigio, pues su posesión estaba reservada a las buenas fortunas, era la nobleza y a la nueva sociedad que emergía con fuerza, los burgueses, dueño al fin y al cabo del sistema financiero de los Estados. Estos pagaban muy bien. La insana envidia que el alemán sufría por Alcubierre, por no cederle el protagonismo, fue reconocida por algunos de los críticos del momento. No olvidemos a su cómplice, el traidor italiano.  En 1772 fue ascendido a brigadier e ingeniero jefe de los ejércitos del rey, así como gobernador del castillo del Carmen, adosado a la muralla aragonesa de Nápoles. Y cinco años más tarde fue nombrado, mariscal de campo.  En 1775 a propuesta del ministro Tanucci, se crea la Real Academia Herculanense. La misión principal era el estudio de todas las antigüedades halladas en las excavaciones y de manera especial en Herculano. La República de las Letras, como solía llamarse por entonces, no tenía acceso a tales obras y de esta manera, pudieron conocer su valor artístico y documental. Esta tarea, ya había sido encomendada a Monseñor Octavio Antonio Bayardi, pero defraudó al Rey, al ministro y a toda esa parafernalia auto intitulada república de las letras.  Para esta encomienda, se eligieron quince personas, al frente, volvieron a elegir a monseñor, ya que la iglesia así lo impuso. Todos eran representantes ilustres del mundo intelectual napolitano del momento. Pero quien no figuró, fue el «correveidile» de Camilo Paderni, a pesar de ser el director del museo de Portici. Tanto el rey como el ministro Tanecci, le tenían en muy alta estima «en público» no así en privado, pues
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